Opinion
El salario miserable de los empleados judiciales: una injusticia dentro del sistema
Uno de los aspectos menos discutidos pero profundamente preocupantes del Poder Judicial dominicano es la precariedad salarial de sus empleados.
Jueces, abogados ayudantes, Secretarios, oficinistas, archivistas, entre otros, enfrentan condiciones económicas que no solo afectan su calidad de vida, sino que también comprometen la integridad y eficiencia del sistema judicial.
En la actualidad, muchos servidores judiciales reciben sueldos que no se corresponden con la responsabilidad y carga laboral que enfrentan.
Por ejemplo, una Secretaria Titular de 1ra Instancia, en la actualidad gana un salario que apenas supera el salario mínimo, mientras que los Jueces de esa misma jerarquía perciben ingresos que, aunque mayores, resultan insuficientes frente al costo de vida y las exigencias de su labor.
Esta situación no solo es injusta, sino que también abre la puerta a prácticas corruptas.
La precariedad económica puede convertirse en un incentivo para aceptar sobornos o participar en actos no éticos, especialmente en un entorno donde las tentaciones son constantes y las oportunidades de mejora salarial son limitadas.
El salario miserable de los empleados judiciales afecta directamente la calidad del servicio que se ofrece a los ciudadanos.
La falta de motivación, el estrés financiero y la rotación constante del personal generan un sistema judicial ineficiente y lento.
Además, los bajos salarios dificultan la atracción y retención de talento cualificado, lo que agrava aún más los problemas estructurales del sistema.
Cuando se compara el salario de los empleados judiciales dominicanos con el de sus homólogos en otros países de la región, las cifras son alarmantes.
En países como Costa Rica o Panamá, los jueces y empleados judiciales reciben remuneraciones significativamente más altas, lo que refleja un mayor compromiso con la profesionalización y dignificación de la labor judicial.
Es urgente que su presidente Henry Molina y las autoridades que lo componen, prioricen la dignificación salarial de los empleados del Poder Judicial. .
Esto no solo implica aumentar los sueldos, sino también garantizar condiciones laborales justas.
Un poder judicial fuerte y eficiente comienza con empleados bien remunerados y motivados.
La justicia no puede ser garantizada por un sistema donde quienes la administran luchan diariamente por cubrir sus necesidades básicas.
Si se aspira a un sistema judicial independiente y confiable, es imprescindible comenzar por valorar a quienes lo sostienen desde dentro.
La autora es abogada en Infante & Rincón Legal Consulting
Bella Terra Mall, Suite B-007,
Santiago. Rep. Dom.
Tel: 809-724-6571
Instagram/InfanteRinconLegalConsulting
Opinion
Un minuto de silencio por la comunicación dominicana
Hay una peligrosa tendencia que cada vez se hace más evidente en algunos programas de radio, televisión y plataformas digitales: sus anfitriones han dejado de conformarse con comunicar las noticias y ahora quieren convertirse en la noticia.
El foco ya no está en los hechos, en las investigaciones o en los problemas que afectan a la gente.
El protagonismo lo ocupa el propio comunicador.
Se habla más de quién respondió a quién, de la pelea entre panelistas, de la indirecta lanzada a otro programa o de la polémica fabricada para alimentar el siguiente contenido.
Muchos espacios parecen haber cambiado su razón de ser.
En lugar de informar, explicar o generar un debate útil para la audiencia, se han convertido en escenarios donde los egos compiten por atención.
Cada emisión parece una extensión de la anterior, marcada por ataques, respuestas y nuevos enfrentamientos entre quienes deberían estar concentrados en ejercer su labor periodística o comunicacional.
No se trata de cuestionar el debate ni la diferencia de opiniones. El contraste de ideas es indispensable en una sociedad democrática.
El problema surge cuando el conflicto deja de ser una consecuencia natural del análisis y se convierte en el producto principal del programa.
Cuando la confrontación se planifica porque genera reproducciones, comentarios y tendencias, la comunicación pierde profundidad y se convierte en un simple espectáculo.
Mientras los comunicadores se empeñan en ser el centro de la conversación, muchos temas de interés público quedan relegados.
Problemas que merecen investigación, denuncias que necesitan seguimiento y asuntos que impactan la vida de miles de personas terminan desplazados por discusiones estériles que solo alimentan el ciclo de las redes sociales.
La audiencia no necesita más protagonistas. Necesita periodistas y comunicadores que investiguen, cuestionen, expliquen y aporten contexto.
Necesita profesionales que entiendan que el micrófono no es un escenario para satisfacer el ego, sino una herramienta para servir a la sociedad.
La credibilidad no se construye siendo tendencia por una pelea ni acumulando reproducciones a base de controversias personales.
Se construye con rigor, responsabilidad y respeto por la inteligencia del público.
Quizás ha llegado el momento de recordar una verdad que nunca debería olvidarse: el comunicador no está llamado a ser la noticia. Su misión es contarla.
Opinion
No a la ‘Ley Mordaza’
La libertad de expresión no es un privilegio concedido por el poder; es un derecho que protege a la ciudadanía frente al poder.
Cuando una sociedad comienza a castigar la crítica, a intimidar la denuncia o a sembrar el miedo entre periodistas, comunicadores y ciudadanos por expresar opiniones o revelar hechos de interés público, no solo se silencia una voz: se debilita la democracia.
El nuevo Código Penal dominicano, cuya entrada en vigencia está prevista para agosto, ha generado una profunda preocupación por disposiciones que muchos consideran una amenaza a ese derecho fundamental.
Defender la libertad de expresión no significa respaldar la difamación ni los abusos; significa garantizar que ninguna ley se convierta en un instrumento para callar preguntas incómodas, investigaciones periodísticas o el legítimo disenso.
Por eso, cualquier norma que pueda generar miedo a opinar, investigar, denunciar o cuestionar a quienes ejercen funciones públicas debe ser motivo de reflexión y debate.
Reitero, no se trata de defender la difamación ni la injuria.
Quien cause un daño a la reputación de otra persona debe responder ante la ley.
La pregunta es otra: ¿por qué sancionar con cárcel expresiones que pueden resolverse mediante mecanismos civiles y proporcionales?
Cuando la amenaza es la prisión, el efecto puede ser el silencio por temor.
Muchos ven en estas disposiciones una verdadera «ley mordaza», un traje a la medida para blindar a los funcionarios públicos frente al escrutinio ciudadano.
Porque si criticar, denunciar o señalar posibles irregularidades puede convertirse en un riesgo penal, el mensaje que se envía es claro: mejor no decir ni pío.
Y una democracia donde los ciudadanos, periodistas y comunicadores temen hablar, preguntar o investigar, deja de respirar con libertad.
El poder debe estar sometido al escrutinio público, no protegido del debate.
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